"Los Guardianes del Pasado" es el primer episodio en la serie Guardianes, donde la acción y el peligro se combinan con inquietante mundos fantásticos que todavía pueden ser posibles. Concebida para jóvenes lectores (de 10 años para arriba). la serie también tiene mucho que ofrecer a los más mayores, que descubren aún más cosas "entre lineas".
¿Qué ocurriría si por error cambiaras el curso de la Historia? Cuando Sem y su hermana Rosie salvan a Max, de morir aplastado por un camión, no piensan en las consecuencias... El frustrado atropello acaba por generar una cadena de alteraciones en la historia que sólo ellos tres pueden detener si quieren salvar el mundo. Deberán viajar al futuro, pero no será fácil porque los Guardianes del Pasado los están buscando para eliminar a Max, y la máquina del tiempo se ha descompuesto...
Un viaje a través del tiempo a un futuro inquietante, habitado por criaturas fantásticas. Plantea la importancia de las consecuencias de nuestros propios actos, y cómo éstos pueden influir en nuestro futuro y en el de los demás. Recoge las tradiciones literarias de La máquina del tiempo de H.G. Wells, las novelas futuristas de Isaac Asimov y las utópicas de Aldous Huxley.
Editorial: Destino Infantil y Juvenil
Colección: La Isla del Tiempo
Edad: a partir de 10 años
Formato: 15 x 21 cm / cartoné
312 páginas
ISBN: 978-84-08-07609-4
Han dicho...
Gómez, otro as de la ciencia-ficción
Para Philip K. Dick, escritor emblema de la ciencia ficción, una obra puede considerarse dentro de este género si parte de un mundo ficticio, capaz de generar una sociedad nueva que, imaginada por el autor, cala en el lector como un mazazo. Esto es lo que Dick llama el shock del reconocimiento, donde el lector es consciente de que la lectura no se refiere al mundo real. Pero Dick no era científico. Era un sublime escritor. Entre sus logros, "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", obra que inspiró la muy renombrada película Blade Runner.
En el otro extremo se sitúan H.G. Wells y Julio Verne, los más grandes precursores de la ciencia ficción, que sí se acercaron a la ciencia en la gestación de sus obras. Julio Verne leía y coleccionaba artículos científicos y H.G Wells, autor de "La máquina del tiempo", fue alumno del Royal College of Science de Londres.
Con P.R Gómez (seudónimo de Francisco Ruiz) sucede un idéntico prodigio, pues quien escribe "Los guardianes del pasado" es científico de formación, profesor de ingeniería mecánica y aeroespacial en el Illinois Institute of Technology. Con este libro, el madrileño reinventa el género y lo aproxima a los jóvenes del Tercer Milenio, acostumbrados a la tecnología más avanzada en móviles, videoconsolas y mp3.-----Rebeca Yanke, elmundo.es, 25 enero 2008
"Los guardianes del pasado" nos habla de la opción de viajar en el tiempo, pero pone esta posibilidad en manos de tres niños y crean, sin saberlo, una paradoja. Allí donde viajan para arreglar el desaguisado que han hecho, se encontrarán con un futuro extraño habitado por seres raros y místicos y mutantes hermafroditas... entre otras cosas... porque lo que no sabían estos niños era lo importante que era su familia dentro del futuro y el pasado.------cyberanika.com
Primero fue inventor. Después probó la literatura. P. R. Gómez, profesor de Ingeniería en EE.UU, presentó ayer en Bilbao su primera novela para jóvenes, 'Los Guardianes del Pasado', en la que da protagonismo a alguno de los inventos que él mismo ha creado------DEIA, 19 de enero de 2008
Principio
Al principio del siglo veintiuno, Sem y Rosie Peres vivían en la casita que hay en todo lo alto del monte Washington, al otro lado del río Monongahela según se mira desde el centro de Pittsburgh. Su casa era muy pequeña, pero tenía las antenas de satélite más grandes del barrio —cinco, cada una apuntando en una dirección distinta. A Sem le gustaba presumir ante sus compañeros de los miles de canales de televisión que podía ver, de todas partes del mundo, pero sus padres le habían prohibido estrictamente que trajese a nadie a casa. Y esa no era la única cosa rara en su familia. Sus padres también se molestaban cada vez que mencionaba haber hecho un nuevo amigo, marcado un gol, o ganado cualquier clase de mérito en clase. Parecía exactamente como si el sueño de su padre fuese que Sem llegase a ser algún día un empleado de recogida de basuras como él, y Rosie una mamá encerrada en casa como su madre.
Esto le deprimía bastante, como es natural, hasta que un día su hermana Rosie lo cogió aparte con aires de gran secreteo.
—Sem —susurró— ya sé por qué Mamá no deja que entre nadie en casa.
—¿Sí? ¿Por qué?
—Porque somos “Guardianes del Pasado” —dijo Rosie, brincando de emoción. Tenía diez años —dos menos que Sem— pero pocos kilos, así que no existía peligro de que el ruido de sus saltos en el crujiente parquet atrajese la atención de su madre. No obstante, Sem la agarró por los hombros hasta que dejó de saltar.
—¿Y eso qué quiere decir?
—No sé, pero suena fenomenal, ¿no? Se lo oí decir a Papá cuando lo mencionó de pasada hablando con Mamá. Debe ser importante, porque cambiaron de tema en cuanto me vieron.
—¿Y eso fue todo?
—Sí.
—Pues eso no sirve de mucho —dijo Sem— si no sabes lo que es un “Guardián del Pasado”.
—¿Es que tú no sabes lo que es?
—No. ¿Por qué no se lo preguntas a Papá?
—No creo que me lo vaya a decir. Pareció molestarse cuando vio que estaba ahí.
Esa noche, Sem no conseguía pegar ojo. De manera que sus padres eran «Guardianes del Pasado»... ¡Qué cosa tan estupenda! Tan sólo el nombre ya conjuraba imágenes de caballeros con armadura deslumbrante montados en corceles cargados con tapices y armadura equina, sumergidos en el fragor de trompetas y el rechinar de espadas. Le recordaba el sueño que había tenido
tantas veces —y tan real que Sem dudaba si no lo habría vivido de verdad— sobre una ciudad de relucientes torres hechas de acero y cristal, con coches que volaban entre las agujas.
Pero, claro, eso de los coches volantes no podía ser, si se trataba del pasado, así que seguramente era un sueño nacido de su frustración. ¿Cómo podría ser uno de esos caballeros un pobre inmigrante empleado en recogida de basuras, y que apenas hablaba bien el idioma local? ¿Y Mamá? ¿Cómo podía aplicarse ese título a un ama de casa cargada con cuatro hijos?
¡Qué distinto de su vida en la casa más insignificante del barrio, la escuelucha al fondo de la colina, las clases soporíficas de la Señorita Chupachups y el constante acoso del matón del colegio, Max Martin, aunque fuese hermano de Austin, su mejor amigo además de empollón y geniecillo local.
Si Max se enteraba del dichoso nombre ya no se lo podría quitar de encima en lo que quedaba de curso, así que decidió pedirle a Rosie que dejase de propalar rumores que sólo les podían llevar a perder la estima de sus compañeros.
—La hora, por favor —musitó con un silencioso gesto de sus labios. El escáner lo recogió y presentó la hora en números de color violeta oscuro que flotaban en medio del cuarto.
12:23 AM
Era bastante tarde, y él aún se encontraba demasiado excitado como para dormir, así que dijo: “Neuralizador, por favor”, tan silenciosamente como antes. Se produjo un ligero zumbido mientras las ondas del neuralizador le hacían un masaje en el cerebro. Sintió un calorcillo que se posaba sobre su cuerpo —y se durmió pensando cómo era posible que no se viesen anuncios sobre un aparato tan útil en ninguno de los canales de televisión.
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—Uno no es “cómplice” si no hay crimen —dijo Sem para desviar la conversación hacia cuestiones semánticas, pero aún sintió enrojecer sus mejillas. Quizá Rosie tuviera razón, y la estaba forzando a subir a pie hasta lo alto del monte Washington porque estaba aterrado de un niñato con pecas, no porque estuviera obedeciendo las órdenes de su padre. ¡Qué vergüenza para un Guardián del Pasado! Un auténtico Guardián del Pasado no se habría movido un ápice. Simplemente, habría sonreído ante el guantelete que le habían tirado a la cara y lo habría recogido diciendo sarcásticamente: “¿es suyo, señorita?” o algo por el estilo. Luego, bajado el visor de su brillante yelmo, habría empuñado sus armas y—
Y el momento acababa de llegar, porque ahí estaba Max con sus sicarios, montados en bicicleta, en lo alto de la calle.
—¡Semmy, yuu-juu! —chufló Max—. Te traigo regalitos, ¡yuu-juu! ¡Semmy mojaditoo!
Max, Bert y Rufus levantaron los brazos. Tenían algo en las manos: globos llenos de agua, o quizá peor. La bici de Bert empezó a moverse cuesta abajo.
La bicicleta ganó velocidad y pronto se pudo ver el brillo asesino en sus ojos y, finalmente, lo que escondía en la mano.
Claramente era un globo, pero lucía demasiado como para estar lleno de agua.
Era pintura.
—¡Rápido, a la izquierda! —dijo Sem. Los dos saltaron de la acera y entraron en un portal que se abría a su altura, escapando el globo de pintura que les había lanzado Bert por un pelo. El globo explotó en la acera haciendo un enorme manchurrón, verde como la bilis de una babosa gigante. La bicicleta de Bert McMurray pasó como una flecha y se perdió calle abajo.
—¡Maldita sea! —dijo Bert, tan alto que seguro que se enteró todo el barrio.
Sem no tuvo tiempo de enorgullecerse, porque inmediatamente vino Rufus Grabowski a toda mecha, arma en mano. El portal no tenía suficiente profundidad para cubrirlos de un tiro certero; más bien parecía calculado para sujetarlos mientras Rufus tenía tiempo de sobra para apuntar.
—¡Hay que largarse! —dijo Sem, tirando a Rosie del brazo tan fuerte que la hizo soltar un grito del dolor. Corrieron hacia el centro de la calle, y esperaron hasta que Rufus estaba a punto de lanzar; y entonces Sem empujó a Rosie hacia la izquierda mientras él caía a la derecha. El globo pasó entre los dos y se hizo añicos de pintura contra los adoquines. Rufus pegó un manillarazo a la derecha, a tiempo de esquivar el manchón resbaladizo, y siguió cuesta abajo como un bólido, echando pestes tan alto como Bert.
Sólo quedaba Max, que ya venía cuesta abajo, pero no tan deprisa como sus compinches. Los frenos desgastados rechinaban contra las mohosas llantas.
La bicicleta se paró, y Max desmontó.
—Te sientes torero, ¿eh, mojado? Pues vamos a ver si puedes darle un pase de pecho a estas bombas.
Se aproximó desafiante, y Sem pudo ver que llevaba no uno, sino dos globos de pintura —uno para él, otro para Rosie.
—Vete de aquí, Rosie —dijo—. Esto es entre él y yo nada más.
—¡Y un pimiento! —dijo Rosie rascándose la pierna, que se había arañado cuando la empujó su hermano.
Rosie no se meneaba, así que Sem soltó las mochilas (porque aún cargaba con las dos) y empezó a caminar lentamente calle arriba. Los ojos de Max fulgían con la anticipación de su venganza.
Pero precisamente entonces un camión hormigonera sin conductor comenzó a moverse en todo lo alto de la calle. El camión se movió despacio al principio, pero para cuando Sem lo
vio ya bajaba la empinada calle a toda pastilla. Max no se daba cuenta. Siguió paseándose por la calle en dirección a Sem con las dos manos alzadas, listo para el lanzamiento global.
—Miedo, ¿eh? Tienes los pantalones pringaos —dijo, con una risita malévola, pero no era a él a quien temía Sem, sino al camión sin control, el cual acababa de pegar un meneo a un par de coches aparcados sesenta metros más arriba, sin perder una chispa de velocidad.
—¡Cuidado! —gritó Sem. Se dio la vuelta y echó a correr calle abajo.
—¡Ah! Veo que ya estás amarillo de mierda, pero vas a estar más amarillo en un momento.
El camión llegó adonde la bici de Max yacía en los adoquines. La aplastó y siguió adelante. Max reconoció el chirrido mortal de su montura cuando los neumáticos la laminaron; dio un rápido vistazo, soltó los globos y salió por pies detrás de Sem.
Como era el atleta del colegio, casi había alcanzado a Sem cuando llegaron a la mancha de pintura verde. Sem la vio y saltó por encima, pero Max no.
—¡Sem! —chilló Rosie desde lo hondo del portal donde se había escondido.
Sem volvió la mirada a tiempo de ver Max en el suelo, cubierto de verde lima y con los ojos cerrados de dolor, y el camión ya a pocos metros.
Sin pensarlo dos veces, paró y dio un salto atrás. Llegó a Max apenas un segundo antes que el camión. Max pesaba cantidad pero, no se sabe cómo, Sem encontró fuerza para levantarlo y, con el mismo impulso, empujarlo hacia las casas al lado derecho de la calle.
El camión giró en esa dirección como si los estuviera persiguiendo, pero entonces los neumáticos pegaron contra el bordillo y eso lo forzó a girar hacia el centro de la calzada sin causar más daño que el de hacer saltar un salpicón de cemento a medio fraguar. Siguió dando tumbos hasta el final de la calle, donde se estrelló contra un coche aparcado con gran estruendo y con lluvia de piezas metálicas.
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Durante toda la tarde Sylvan, mientras le enseñaba lugares que pocos humanos habían visto, como por ejemplo el centro natal (que estaba en un centro cívico distinto, a pocos minutos por el sistema de tránsito) y un centro cibernético donde se arreglaban aumentaciones, no lo perdió de vista.
No había mucho que ver en el centro natal: solamente virgos adultas que entraban y salían de una sala donde aparentemente les “recolectaban” óvulos. Junto a la sala de recolección de óvulos había otra muy grande en la que no pudieron entrar porque Sylvan no tenia los permisos necesarios, pero que pudieron ver de todos modos a través de las muchas ventanas que tenían hacia el pasillo. En la tenue luz roja que llenaba esa sala, se podía distinguir hilera tras hilera de objetos parecidos a peceras rectangulares. Sylvan dijo que ésos eran los tanques natales, donde crecían los bebés hasta que eran lo suficientemente grandes para digerir comida normal, y donde se les insertaban los circuitos para BBF y apareo. Sem le preguntó si a la gente se le permitía tener sus propios hijos, pero Sylvan hizo una mueca y le dijo que eso era cosa de animales y que la gente no debía comportarse como animales —lo cual sonó a Sem todavía más fuerte cuando se paró a pensar que no había visto un sólo animal de carne y hueso desde que llegó a la ciudad.
Luego fueron al centro cibernético, que estaba al lado. Casi todo el mundo en ese lugar tenía piernas o brazos mecánicos (a veces tres o cuatro de cada) u otros miembros cuyo uso Sem no pudo adivinar. Dos personas parecían tener alas, pero les salían de los costados y estaban demasiado bajas como para que pareciesen ángeles —o más bien demonios, dado el aspecto membranoso de las alas. Sylvan explicó que actualmente mucha gente se estaba mudando al espacio, y ese tipo de alas eran muy útiles en ambientes de baja gravedad. Las personas con piernas metálicas, o bien se estaban mudando a un planeta de alta gravedad, o eran jugadores de pítbol.
El centro de Singladuras local estaba a un paseo, justo en medio del centro cívico. Tras el umbral había un amplio salón con sillones, rodeado de puertas cerradas. La gente que estaba sentada en los sillones parecía esperar a alguien o algo. Entonces se abrió una puerta a la derecha y unas cuantas personas se levantaron y marcharon apresuradas hacia ella. Pronto apareció una joven virgo vestida con una sutil túnica blanca, como un ángel sin alas, y las demás se pusieron a abrazarla con gran alborozo.
—¿Ves a aquél con la túnica blanca? —dijo Sylvan—. Pues acaba de tener la Iluminación. Dicen que es fabuloso. Yo casi no puedo esperar a que me toque. Aunque, la verdad, preferiría poder escoger a quién me iluminase, como hacéis vosotros —y se puso a mirar a Sem con unos ojos lánguidos que a él no le gustaron un pelo.
Había que cambiar el tema antes de que Sylvan se fuese muy lejos for ese carril: —¿Es lo mismo que eso que llaman la Singladura?
Sylvan se rió de buena gana. —¡Por favor, qué dices? La Singladura es para adultos, no para chicos. Mira —apuntó hacia otra persona joven vestida con túnica blanca, que se dirigía hacia una puerta de la mano de una virgo adulta, que parecía tener la misma edad que la prefecto—. ¿Ves a esos dos? El joven está a punto de tener su Iluminación, y el adulto su Singladura.
—¿Y adónde se va el adulto cuando termina? Porque por la otra puerta sólo ha salido una joven.
—¡Oh, eso! Joven y adulto ahora comparten el mismo cuerpo —dijo Sylvan, acercándose tanto a Sem que lo hizo saltar hacia atrás por puro reflejo—. No lo sé por experiencia personal, claro está, pero dicen que se siente como si te despertases de un largo sueño.
—¿Y el adulto? —insistió Sem, con la esperanza de se quedase en explicaciones teóricas del proceso.
—Ya te lo he dicho. Está también ahí dentro. Los dos están ocupando el cuerpo más joven.
—Pero, ¿qué pasa con el otro cuerpo?
—¡Y dale! Pues ¿qué se va a hacer? Se recicla . . . aquí no se desperdicia nada.
A Sem se le cortó el aliento.
—O sea, ¿muerto? ¿Lo han matado?
—Solamente el cuerpo. La mente sigue intacta. Dicen que se siente como ponerse un traje nuevo.
—¿Y la joven?
—Ya te lo he dicho —dijo Sylvan con un suspiro de irritación—. El niño sigue ahí, pero ahora sabe todo lo que sabía el adulto. Ya no tiene que ir al colegio. Ha sido iluminado.
—¡No señor! —¡No señorita, leches! Esa chica se ha hecho esclava de la mente de esa adulta, y la mente tampoco es la adulta, porque la adulta ha muerto.
—¿A qué vienen esas tonterías? —dijo Sylvan frunciendo el ceño— O sea, ¿que tú sabes más que yo de nuestras cosas?
—¡No! —¡Sí! ¿Es que no te das cuenta? Yo soy yo, y tú eres tú. Si meto mis memorias en tu cerebro, no por eso te conviertes en mí, ni yo tampoco me convierto en ti. Y si me matan, estoy muerto.
—¿De verdad? ¿Y dónde estabas tú durante esos cientos de años que dices que te pasaste dentro de la máquina? ¿Es que tienes ochocientos años de edad? Y cuando saliste, ¿eras tú mismo u otra persona que cree ser tú, mientras que el tú de verdad lleva muerto ochocientos años?
Sem no tenía respuesta para eso. Se limitó a mascullar:—Pero al menos no me han lavado el cerebro como a ti.—Y se calló antes de que Sylvan se pusiese irracional como solían hacer Rosie, su madre y todas las mujeres que conocía cuando se les llevaba la contraria.







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